8.11.09

Gomeras

Días atrás, el programa ADN, que se emite por Canal 10, puso al aire una nota sobre una brutal represión cometida por la Policía de Córdoba en la villa El Naylon, a fines de julio de este año. En ese procedimiento, policías del CAP tiraron balas de goma y le reventaron un ojo a Fabián Díaz, un muchacho de 27 años. En un testimonio devastador el joven contó a cámara todos sus padecimientos desde entonces (que van desde cómo le cuesta trabajar hasta de qué forma perdió su vida normal) y señaló que un comisario se había comprometido a gestionar ayuda al Gobierno. Ayuda que, claro está, nunca llegó. No sabemos si fue porque el comisario no movió un dedo o porque quienes tenían que dejar sus cómodos escritorios en el Ministerio de Acción Social no lo hicieron. Seguramente tenían algo más importante que hacer.
Un productor de ADN fue, junto con familiares del muchacho herido, a entrevistarse con el comisario Daniel Valverde, jefe del Distrito 8, quienes tuvieron a su cargo la represión aquel día. Y le realizaron una cámara oculta, un procedimiento muchas veces reprochable, pero que permitió conocer la realidad de lo sucedido.
El jefe policial indicó que personal del CAP quiso detener a dos jóvenes que andaban con una sevillana y que “unos vecinos” salieron a enfrentar con piedras a los uniformados.
Dos crónicas periodísticas reflejaron el episodio. Por un lado, Día a Día y, por otro, La Voz.
En ambas notas, habitantes de El Naylon dijeron que los policías habían usado honderas para reprimir.
Sí, leyó bien: HONDERAS. Y no es una sigla de un arma especial.
Es una gomera, una honda, ese artefacto consistente en una barra de metal (o de madera, depende el caso) con forma de Y que posee una goma elástica en los extremos y se usa para lanzar piedras o cascotes.













El comisario inspector Valverde no se quedó corto.
No sólo reconoció que los policías se habían mandado “un cagadón”, por haberle sacado un ojo a un muchacho con un disparo de escopeta.
Sino que además confirmó que, y aquí viene otra parte impecable de la sinceridad del hombre (claro que no sabía lo de la cámara oculta), es común que los policías del CAP anden con honderas encima.
“Es que muchas veces, en los allanamientos, se las ven con perros. Entonces las usan para espantarlos”, dijo el hombre. No se alcanzó a ver si se ponía colorado, porque la cámara oculta no era muy buena.
Fue entonces que los familiares del muchacho baleado le retrucaron que los policías usaban las gomeras para tirarle a la gente.
Ya no hubo respuestas del comisario.
Otra cosa llamativa de Valverde es que, cuando fue entrevistado por un periodista de este diario la tarde del episodio sobre si se usaron gomeras, lo negó rotundamente.

Por ahora, Valverde sigue en su cargo. ¿Lo sancionarán sus superiores, enviándolo a algún destacamento del norte provincial como ocurre cada vez que un comisario dice una verdad que no debía saberse?

¿Será que ahora dentro de los pertrechos que los policías llevan en los patrulleros, junto al chaleco antibalas, la pistola 9 milímetros y la escopeta 12/70, va además una hondera? ¿Llevarán además una camana para alojar las piedras o cascotazos para tirar?
¿Se tratará de un nuevo armamento que nuestros jefes policiales nos tenían preparados para sorpresa de anuncio a fin de año?

Días atrás, nos enteramos de que el grupo Eter de la Policía ya comenzó a utilizar las cuestionadas pistolas electrónicas Taser, fabricadas en Estados Unidos y que han generado el rechazo de organizaciones de derechos humanos, con Amnistía Internacional a la cabeza.
Las Taser (“teiser”) disparan alambres con ganchos en las puntas que, al entrar en contacto con la persona, efectúan una descarga eléctrica que lo inmoviliza.
Ese armamento está en manos del grupo Eter, ya que –según dicen las autoridades- es la única fuerza policial “capacitada” para usarla en situaciones de “crisis”.

¿Las honderas también vendrán del gran país del norte?


PD: la foto de los policías, de Día a Día.

3.11.09

Doña Corleone

Conocida como la "madrina" del hampa china, era notoria por su reciedumbre y un estilo de vida lujoso que al parecer incluía residencias suntuosas y un harén de 16 amantes jóvenes.Pero su reino delictivo concluyó el martes cuando Xie Caiping, de 46 años, fue sentenciada a 18 años de cárcel por operar casinos ilegales y sobornar a funcionarios del gobierno. Su juicio fue uno de una serie de procesos contra el hampa en la ciudad sudoccidental de Chongqing que ventiló sórdidos testimonios sobre sexo, corrupción y violencia.Xie es la única jefa del hampa juzgada en una ofensiva de un mes contra las bandas locales, conocidas como "sociedades negras" en la megaciudad de 30 millones de habitantes. Los juicios han puesto de manifiesto la red de vínculos entre funcionarios del gobierno y policías que amparaban a los grupos delictivos.Además de sus viviendas de lujo, Xie al parecer disfrutaba de su propio Mercedes-Benz y "retenía a 16 hombres jóvenes para su disfrute personal", dijo la prensa local. El martes su chofer Luo Xuan, de 29 años, que también era su amante, fue sentenciado a cuatro años y medio de prisión.

28.9.09

Gatillo

Como un gatillo fácil. Así actuó, a mi entender, el guardiacárcel que días atrás atacó a balazos una casa, para vengarse del asalto que sufrió su esposa y su hija, y terminó matando a una joven. El penitenciario no soportó el peso de la conciencia de haber causado ese crimen y se terminó volando la sien de otro disparo con la misma arma, horas después. Su esposa afirma que el hombre decidió matarse para que la familia de la chica muerta no se cobre venganza.
El caso, como todos los de este tipo, es tremendo por donde se lo mire. Y por tratarse de un tema tan doloroso como la inseguridad que venimos padeciendo desde hace largo tiempo, genera toda clase de comentarios y posturas enfrentadas. Vale hacer la prueba, quien no lo crea así. Están quienes defenderán la actitud del penitenciario (que dicho sea de paso, contaba con una “foja excelente de servicio” en su trabajo), quienes celebrarán la muerte de la chica, quienes pedirán condenas a muerte a diestra y siniestra, quienes aplaudirán las venganzas a fuego y bala aduciendo “ya vas a ver cuando te toque a vos y te pongan un caño en la cabeza de tu hija a ver si pensás igual” y, obviamente, quienes cuestionarán esta clase de actitudes.
Les propongo un ejercicio. Vean los comentarios, muchos de ellos bestiales, que dejan algunos lectores en las notas policiales de La Voz del Interior. Muchos representan ese pensamiento mano dura que muchos tienen y pocos se atreven a blanquear con nombre y apellido. De hecho, la mayoría son mensajes anónimos.
Ayer domingo me tocó hacer esta nota en la que califiqué como “gatillo fácil” al penitenciario Silvio Broardo.
Para más datos, aquí está la crónica del crimen de la chica. Aquí, el suicidio de Broardo. Y aquí la de “gatillo fácil”.
Alguien con el seudónimo de “Será justicia” opina:
“Claudio Gleser: escribis en un diario por la simple razon de llenar un espacio, tu tarea seria informarte y no llenar espacio escribiendo cosas al cohete, el guardiacarcel al que tu llamas asesino, se mato, para tu informacion, y con su vida pago el error que cometio, no era ningun gatillo facil ni ningun asesino, era una persona de bien que se vio superada por las circunstancias, asesinos son los pendejos que mataron al heladero, el mismo chorito que asalto a la hija y a la mujer de Silvio Broardo y que hoy se caga de risa por la forma en que salio el bien librado, Silvio nunca asalto a nadie”.
No me acostumbro a responder anónimos. Como siempre digo, uno da la cara cuando pone el “gancho”. De todos modos, me parece importante poner algunas cosas en su lugar.
De seguro fue tremendo lo que vivió la mujer del penitenciario. De seguro, porque lo padecemos de forma cotidiana, su derecho y su libertad se vieron fagocitadas por la criminal actitud de los delincuentes que la atacaron. Eso no se discute. Y de seguro nadie discute lo criminal que fueron los asesinos que a sangre fría asesinaron el viernes pasado a un pibe que fue a entregar un kilo de helado a una casa y hoy yace muerto, tras un balazo que le pegaron en el cuello.
Pero volvamos a Broardo. No era cualquier persona. Era un penitenciario, un empleado de una fuerza de seguridad como el Servicio Penitenciario de Córdoba. Es un hombre que fue formado en una institución y, con las virtudes y defectos de su trabajo, sabía sobre la existencia de normas, leyes y derechos constitucionales.
Y tras el asalto que sufrió su mujer, fue a la casa de “los presuntos autores” y, con el casco puesto (para que nadie lo reconociera), descerrajó cinco balazos sobre la puerta de la vivienda. Y lo hizo con su propia arma, una pistola 9 mm. ¿Qué es eso? ¿Una advertencia? ¿Algo así como poner los puntos sobre las íes? ¿Fue a la Policía? ¿Hizo la denuncia en la unidad judicial? No. Nada de eso.


Vació cinco balas sobre una puerta de chapa, de la misma forma que suelen hacer los delincuentes cuando atemorizan a los testigos de un asalto. Y desapareció con su moto.
Dos de los proyectiles atravesaron la chapa y se incrustaron en la sien de una joven que bien puede ser familiar de los ladrones que asaltaron a la esposa de Broardo. Quizá no lo sea. La cosa que la chica murió.
Y el penitenciario se enteró de la muerte al día siguiente, quizá al leer el diario o escuchar la tele, y decidió acabar esta vez con su vida.
No es la primera vez que pasa algo así en Córdoba. Cuántos han decidido vengarse de un asalto, liquidaron al “caco” y terminaron presos y condenados. Y cuantos celebran eso con el clásico latiguillo “uno menos”. “Yo haría lo mismo. Lo liquido, lo cargo en el baúl y lo tiro en el río. Total, nunca me van a encontrar”, dice un tipo mientras termina el café.
Pero no es así. No debe ser así. La ley, la misma que tantos se encargan de pisotear todos los días, está para ser cumplida y respetada. Con sus defectos y aciertos, con sus policías, fiscales y jueces corruptos, lo siento, esto no es Ciudad Gótica o algo semejante… Es la sociedad misma, donde reinan y valen las garantías constitucionales y nos regimos por las normas y los preceptos que éstas indican. Claro que es irritante que se mate y robe así como así. ¿Pero vaciar un cargador en una puerta es la solución? ¿Para quién? ¿Acaso el ladrón de la vuelta va a conmoverse y dejará el arma abandonada para no salir nunca más a meter el caño? Las cosas no se resuelven así. También es cierto que con la educación que tenemos, la falta de posibilidades y la desvalorizada sociedad en la que estamos hundidos no vamos a ningún lado. Pero eso es otro debate.
No podemos permitirnos actuar como bestias. Ya tenemos bastante con las otras.


PD: la foto superior es de La Voz del Interior.

26.8.09

Jonathan abrió los ojos

De golpe abrió los ojos, hizo una leve mueca con sus labios secos y se sacó el suero. Miró a todos y dijo: “Quiero agua”.
La imagen podría corresponderse con cualquier persona que vuelve del profundo sueño de la anestesia tras una operación de rutina. Pero en el caso de Jonathan era distinto. Es que podría decirse que este chico de 24 años prácticamente volvió de la muerte. Sobre todo si se tiene en cuenta que la noche del miércoles 29 de julio pasado se estrelló con su moto, volviendo a casa. Había estado con amigos y, en la oscuridad de la Juan B. Justo, algo lo hizo perder el dominio del manubrio y terminó estampado contra un semáforo y luego contra una pared, metros más allá. Faltaban pocas cuadras para arribar a casa.
Desde aquella noche, Jonathan estuvo en coma. Su vida pendía de un hilito. Estaba, lo que se dice, jugando al truco con la Parca. No fue sólo el fortísimo golpe que le reventó el casco. Fue la sangre que perdió al cortarse una arteria por un hueso roto de su brazo, lo que lo dejó muy mal. Y la partida de naipes estuvo empatado durante varias manos hasta hace pocas noches, cuando abrió finalmente los ojos.
“Yona”, como le dicen sus primos, amigos y novia, estuvo en coma durante largos días (y sucesivas noches y sus consiguientes madrugadas) en la terapia intensiva del Hospital de Urgencias.
Este pibe es uno de los tantos “motos” que engrosan día tras día las estadísticas de “fijos” (muertos) en los registros policiales, esa sangría que pareciera no acabarse nunca, y que vemos reflejada en las crónicas frías de papeles de diario.
Cuenta la tía de Jonathan que una vecina escuchó aquella noche un tremendo ruido desde la calle. Se asomó por la ventana y vio una moto tirada y un casco partido, y no entendió nada. Temerosa bajó a ver y se encontró con el muchacho agonizando. Llamó a la Policía que recogió todo y se lo llevó al Urgencias. Un policía declararía luego que el motociclista alcanzó a decir que él sólo perdió el control del vehículo. Nadie le cree al uniformado, sobre todo si se tiene en cuenta que es muy probable que Jonathan quedó inconsciente en el momento mismo del accidente.
La tía va con nosotros al lugar del accidente. Vemos el semáforo, la parada de colectivo, la pared. Medimos imaginariamente lo que voló por el aire y es increíble que esté vivo.
Hasta hoy no se sabe si un coche lo chocó, lo encerró o qué diablos le pasó. Se buscaron testigos, pero nadie apareció. Eso no importa ahora.
Jonathan fue a parar a la terapia intensiva del Urgencias. Su familia, a la sala de espera, allí donde cientos de personas pasan las horas más negras de sus vidas a la espera de un parte médico crudo como sólo son los partes médicos.
Dicen que los doctores que encararon a los familiares de Jonathan a poco del accidente fueron contundentes. Como siempre lo son. Explicaron la gravedad de las heridas y las escasísimas posibilidades de sobrevida. Jonathan iba camino a engrosar la estadística mortal, sin vueltas. Los médicos lo sabían. Conviven con la muerte cada hora.
No hace falta decir lo que esa familia sufrió y rezó durante interminables noches, madrugadas, mañanas, tardes y atardeceres. Y no hace falta comentar el increíble trabajo que hicieron los médicos y enfermeras en mantener conectado a este mundo a ese muchacho de ojos negros profundos y una sonrisa de enormes dientes blancos.
Sus primos salieron desesperados a buscar sangre para saldar las transfusiones que hubo que hacerle de manera permanente. Incluso, junto a sus amigos, comenzaron a hacer una vaquita para juntar unos billetes para así poder comprarla. Es que en varios hospitales de Córdoba la sangre se vende, de tan difícil que es conseguirla. Sólo en esos momentos uno se da cuenta, y toma la dimensión necesaria, de lo inconscientes (e insensibles quizá) que somos muchos al no donar ese líquido que salva las vidas de otros. Ni hablar de los órganos.
Hace pocas noches, Jonathan abrió los ojos. Llevaba semanas conectado a un respirador y a un suero. Desde entonces, su familia no para de llorar y creer aún más en Dios.
Le cuesta recordar algunas cosas, pero el pibe sigue siendo el mismo de siempre, incluso no para de hacer chistes a los médicos cuando entran a verlo y tomar nota de su increíble estado.
Esto cuenta Renzo, su primo, con el corazón en una mano: “Y al final el ‘Yona’ lo logró. El corazón comenzó a latir con fuerza. Despertó de repente, se sacó el respirador ante la sorpresa de los médicos, pidió agua y comida. Le quitaron el suero, podía comer sin problemas. Los órganos que estaban comprometidos revivieron sin más explicación que la de que se obró un milagro. En cuestión de días, el ‘Yona’ recuperó la vida que por muy poco se le habría ido. Ahora habla con nosotros, se ríe, le tira besos a las enfermeras, tararea canciones, sigue luchando y los quiere un montón, como nosotros.El ‘Yona’ y toda la familia sentimos profundamente la felicidad de quererlos y contar con el cariño de todos ustedes, muchísimas gracias por todo”.

………………………..

Según el registro de La Voz del Interior, que llevan adelante Juan Federico y Cristina Aizpeolea, consta que llegando a fines de agosto poco más de 330 personas murieron por accidentes en Córdoba. Hace horas, fallecieron dos. Casi la mitad son motociclistas y de éstos la gran parte son hombres y jóvenes. Y todos caen al Urgencias, el centro de atención accidentológica por excelencia en Córdoba. Muy pocos llevaban puesto el casco al momento de matarse.
Jonathan sí llevaba, pero no sé si fue sólo eso lo que lo salvó e hizo que hoy siga con nosotros inundando su habitación con su adorable risa. Por lo pronto, él la sigue peleando, como sabe y nos demostró.

7.8.09

Droga, Córdoba y los amparos. La gran comedia del verano

La historia de los amparos por el narcotráfico en Córdoba ha dejado de ser una novela y pareciera haberse convertido en una obra cómica, digna de ser presentada en la próxima temporada teatral en Mar del Plata o Villa Carlos Paz.
El último capítulo fue la resolución de la Cámara Federal de Apelaciones que ordenó que la jueza Cristina Garzón de Lascano (sí, la misma que quiso mandar a Luciano Menéndez a su casa) cite al gobernador Juan Schiaretti para que diga qué está haciendo en la lucha contra los narcos. Es un chiste. Es un verdadero despropósito lo de nuestros jueces federales. ¿Qué esperan escuchar? ¿Alguna autocrítica quizá?
Se imaginan a Schiaretti plantándose en los Tribunales Federales diciendo: “Sí, señores jueces. La verdad es que estamos perdiendo por goleada mal desde hace años en la lucha contra los narcos. La verdad que Córdoba dejó de ser un lugar de tránsito para ser un punto más de fabricación. Y la verdad que no sabemos qué hacer… Nuestra Policía hace lo que puede y si bien nos juntamos en su momento con otras fuerzas de seguridad, fue nada más que para la foto”.
Repasemos.
Hace algunos años atrás, el abogado Aurelio García Elorrio comenzó a patrocinar a un grupo de vecinos de la zona noroeste de la ciudad de Córdoba, hartos de ver cómo sus hijos morían en manos de la droga vendidos por narcos. Así fue que García Elorrio juntó a varios miles de vecinos y presentó un recurso de amparo en la Justicia, aduciendo que la Policía de Córdoba se había rendido ante la guerra contra los narcotraficantes. Algo de razón tenía el hombre. En esa presentación solicitaba además que la Justicia citara a los responsables máximos de la seguridad en la Argentina para trazar un esquema de lucha contra las drogas y, a la vez, generar más trabajo para los sectores desposeídos.
Los meses pasaron y el Estado ni figuró. A duras penas envió algunos representantes de escaso rango, que sólo respondieron que se estaban tomando cartas en el asunto. Una salida graciosísima.
Los meses siguieron pasando y los cordobeses tuvimos que acostumbrarnos a:

Ver cómo la droga pasó a comercializarse en cualquier ámbito de la provincia y de la Capital, en especial, aun ante la presencia de la propia Policía. No fueron pocos los vecinos que llegaron a denunciar cómo algunos uniformados iban a comprar “merca” a la hora del día.
Ver cómo tanto los investigadores de Drogas realizan algún que otro procedimiento, mientras los narcos se mueven de aquí para allá con total impunidad.
Ver que existen sujetos que se llaman “Chancho”, “Gallo” y otras especies de granja que se mueven como amos y señores en sus reinos.
Ver que en Córdoba se puede matar de forma mafiosa y apretar y amenazar a eventuales testigos para que no digan ni “mu”.
Ver que en Córdoba comenzaron a registrarse “narcosecuestros”, como se denomina a los raptos cometidos por bandas narcos contra otros de su palo. Y también comenzaron a verse “narcoallanamientos” cometidos por policías o sujetos vestidos de tales (con colaboración de los de azul, claro) en contra de narcos, para robarles su producto y su ganancia. ¿Acaso el pequeño Facundo Novillo no fue asesinado por el drogadicto policía Antonio Grasso, luego de que este fuera a robar con su banda dinero a unos vendedores de drogas a barrio Colonia Lola?

Ver cómo la droga circule por nuestro territorio como quiera, ya sea en camiones, autos, avionetas o escondidas en molinos de viento traficados a España. Claro que para saber que la droga era enviada a Europa, tuvimos que esperar que los propios policías de aquellos lados descubrieran todo, porque aquí nadie se había dado cuenta.
Ver cómo se fabrica para ser vendida aquí mismo en “cocinas” rodantes.
Ver cómo las autoridades en su momento prometieron trabajar en conjunto para contrarrestar el negocio de los narcos. Así nos hicieron creer que Policía de Córdoba, Policía Federal, Gendarmería, la Policía de Seguridad Aeroportuaria habían dejado sus celos de lado y deseaban trabajar juntos de aquí en más. Ojo, es cierto, que los polis de Córdoba llegaron a trabajar con los gendarmes, pero los resultados no fueron de los mejores, por lo que cada uno decidió volver a trabajar por su cuenta. ¡Si todos se desconfían entre ellos! ¡Cómo van a trabajar juntos!
Ver como la droga pulula no sólo aquí en Córdoba, sino que su comercialización ha crecido astronómicamente en otros puntos como Villa Carlos Paz (el centro de la droga en Córdoba), Villa María, San Francisco, el sudeste provincial, Sierras Chicas, Jesús María. Y ya que hablamos de Jesús María, ¿su intendente Mario Gatica no fue amenazado ya por meterse en contra del negocio de los mercaderes de la muerte?
Ver cómo el jefe de Lucha contra el Narcotráfico de la Policía de Córdoba, Mario Nieto, se autoponía “un 9” como nota por el trabajo realizado. Nieto resaltó que en los últimos meses se había secuestrado “gran cantidad de droga” y se habían cerrado 47 puestos de venta de sustancias, para luego criticar a García Elorrio (ya por entonces, candidato a senador nacional). ¡Un 9! Mientras, sus propios hombres desconfían entre ellos y se denuncian. Ahora, lo que no me queda claro… ¿Se puso un 9 en una escala de 1 a 10 o de 1 a 100?
No hubiera sido más fácil que Nieto dijera: “Mire con los escasos recursos que tengo y con este personal que tengo, hacemos lo que se puede. Y es esto”. Quizá su nota sería un 4, pero la gente lo hubiera tomado mejor y con más seriedad, posiblemente.

La cuestión es que Schiaretti fue citado a declarar. Mientras su ministro de Gobierno, Carlos Caserio, evaluaba con su gente qué hacer (es sabido que en Gobierno no piensan mover un dedo por los “narcosecuestros”, ya que entienden que es mejor dejar que “se maten entre ellos”), el secretario provincial de Prevención y Lucha contra las Drogas, Sebastián García Díaz, se cortó solo.
Así, sin pedir autorización a nadie (lo cual no está mal para nada, aunque es muy mal visto en los círculos del poder), salió a decir que no teme ir a la Justicia federal a decir qué se está haciendo en Córdoba. Gracioso, si se tiene en cuenta que el funcionario lleva varias semanas en su cargo y hace apenas pocos días tiene un despacho para trabajar y dejar de mandar sus gacetillas desde un cyber.

Esta comedia promete nuevos capítulos para los próximos días. A no dormirse y estar atentos.

Natalia

Ya se dijo que Natalia Vercesi estaba embarazada, cuando fue asesinada en su casa de San Francisco.
Ya se dijo que la chica de 27 años estaba casada desde hacía siete años, era madre de una nena de 5 años y esperaba otra pequeña. Meses atrás había perdido un bebé.
Ya se dijo que el asesino no trepidó en matarla de 24 puñaladas, incluidas dos cortes profundos y mortales en el cuello. Sus manos quedaron con tajos que denotan que quiso defenderse. Por la forma en donde quedó el cuerpo se supo que quiso arrastrarse en busca de ayuda. Ya se dijo que la primera versión que circuló fue la del asalto. Lo dijo e insiste Alejandro Bertotti, esposo de la chica, quien estaba presente cuando fue el crimen.
Ya se dijo que ese mismo día (8/7/09), el fiscal del caso ya había descartado la versión del robo.
Ya se dijo que nadie había visto o salir a los ladrones, la filmación de una cámara de seguridad no captó nada y los testimonios del viudo eran contradictorios con las pruebas.
Ya se dijo que un joven llamado Leandro Forti se presentó y dijo que Bertotti lo había contratado para hacerle daño a la chica.

El muchacho brindó precisiones, quedó preso e involucró al viudo de manera inobjetable.
Ya se dijo que Bertotti fue apresado a los 21 días del crimen de su mujer, acusado precisamente de matarla.
Ya se dijo que el fiscal Bernardo Alberione descartó la versión de un crimen vinculado a drogas y se volcó a uno de violencia de género.
La sospecha es que Alejandro (mide 1,93 metro) habría asesinado a Natalia (medía no más de 1,70) por celos y por una presunta infidelidad.
Ya se dijo que los medios porteños encontraron la nueva novela de turno.















Ahora bien, hay cosas que realmente llaman la atención sobre la forma en que actuó y actúa el fiscal. O acaso no llaman la atención los cuidados que tuvo para con Bertotti, el hecho de que lo haya enviado a un pabellón especial de la cárcel, el hecho de haberse tomado un tiempo para hablar a solas con él tras detenerlo en la calle, el hecho de facilitarle los tiempos de la indagatoria y, por sobre todo, permitir que tenga dos defensores de oficio. A ver, estamos hablando de letrados pagados por el Estado y que supuestamente están para defender a aquellos detenidos sin recursos.
Que se sepa, Bertotti sí tiene recursos. Y está perfecto que sea defendido con todas las de la ley, ya que el insiste en su inocencia.
¿Pero dos letrados?
¿Acaso esos dos abogados oficiales no tienen otros presos para defender?
Y yendo más allá, ¿los demás presos, al ser detenidos, habrán contado con los mismos “beneficios” que el viudo de Natalia?

5.8.09

Asesinos

Quiero compartir, aun a riesgo de parecer amarillista, unas imágenes tremendas que me dejaron cuanto menos impactado. Son tremendas. Y me quedé pensando en los imbéciles que postulan la pena de muerte como si solucionara algo…
A los hechos. Yahya Hussein al-Raghhay, un peluquero de unos 30 años, fue condenado a muerte en una ciudad de Yemen. Lo encontraron culpable de violar y matar a una nena de 11 años. Los policías-soldados locales lo pasearon por la plaza pública (de la ciudad de Sana’a) ante la atenta mirada de cientos de personas. Muchos no dejaban de tomar fotos con sus celulares. Luego lo acostaron boca abajo sobre una alfombra y le dieron un balazo en la nuca. Un espanto.
De esto hablamos, cuando hablamos de pena de muerte.









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